¿Quiénes somos y hacia dónde vamos? ¿De dónde venimos y para qué estamos?
Interrogantes clásicos que la humanidad se ha impuesto como necesarios a responder, en un intento de darle significado aún más complejo a la existencia en este mundo, como marco al ya intricado pasar de todos y cada uno de los habitantes del planeta Tierra.
Con ese sesudo precedente teórico establecido como tema de tratamiento profundo en círculos científicos y filosóficos, y también de divague sin sentido para una charla de amigos, se puede generar un debate interesante, con más oposición que acuerdo, del origen, la evolución y el futuro del argentino.
¿Qué es el argentino?
Caracterizar a los nativos de un país que conoce profundamente las dos caras de la moneda suena tan difícil como atractivo.
Puestas las cartas sobre la mesa, cualquiera puede seleccionar la que mejor le parezca: ¿Solidario y de tratamiento interpersonal cálido? ¿O egoísta y egocéntrico? ¿Defensor arduo y apasionado de lo propio? ¿O desconfiable y corrupto?
La respuesta más simplista para allanar el camino hacia la luz guía podría ser aquella que conjugue los extremos. Pero el argentino poco sabe de grises, poco conoce al equilibrio.
Más bien funciona como un péndulo, que oscila perezosamente de lado a lado, aunque al nacido en estas tierras le siente mejor cuando toca – y choca – con uno de sus costados.
Casi 200 años de historia enriquecen – y empobrecen – la vida de una república que conoce profundamente el concepto de ‘inestabilidad’, aplicable a todos los rubros y sectores, y que vio el rostro de la crisis en sus cientos de variables.
Dichos antecedentes, que se repiten constantemente y evolucionan de acuerdo a las coyunturas que el tiempo impone, fueron promulgados y estimulados por mentes que poco pueden regocijarse del saber patriótico.
No obstante, si se tomara al ‘gen argentino’ como algo tangible como la misma tierra que pisamos, y se lo perforara en búsqueda de la verdadera esencia, tal como se penetra el suelo para hallar petróleo, los hallazgos que puedan considerarse sorpresa en la inmediatez dejarían tal condición cuando se estudien las hipotéticas variables surgidas en relación directa con el pasado, lejano y cercano, y el presente, el ahora.
¿Es enteramente la culpa de quienes tomaron por la fuerza el poder o lo recibieron de modo democrático? ¿Es la irresponsabilidad y la falta de honestidad y voluntad síntomas de una enfermedad patrimonio exclusivo de las poderosas autoridades a través del tiempo?
No es sabio negar que las pésimas políticas económicas y sociales durante variados – y lastimosamente extendidos – lapsos de la historia nacional, en todas y cada una de las jurisdicciones, han devastado gradualmente el porvenir de una nación que parecía – más por palabras – estar destinada a crecer y conformarse como una de las potencias mundiales, por su poderío en recursos naturales y su estratégica posición en el mapa.
Pero todo quedó en los sueños utópicos de un pueblo que, indefectiblemente, es parte responsable del presente.Tampoco hay que olvidar que la decadencia en cultura y educación mermaron notablemente las posibilidades de crecimiento humano, y que hoy por hoy, se sienten las graves falencias que la desigualdad y el desinterés ocasionaron.
Fuera de la influencia mediática – a veces tan dañina y superficial – el argentino involucionó hacia metodologías violentas y carentes de sentido, a la intolerancia reflejada en la agresión, y a las ideas suprimidas por el hambre del poder, y la miseria humana en general.
Puertas hacia adentro, a veces el argentino confunde la responsabilidad de cargar con la identidad argenta con la simpleza de las costumbres llevadas al extremo.
¿Es tonto pensar que el descuido y la imprudencia son, también, costumbre argentinas? ¿No hay posibilidad de cambio radical en algunas costumbres que poco tienen que ver con la más pura y bella tradición nacional, más allá de los límites entre las provincias?
Sería injusto asignar culpas en porcentajes para los distritos, aún cuando la mayor culpable para la historia sea la “París de Latinoamérica”: Buenos Aires.
La metrópolis que supo separarse del resto del país para vivir una historia propia, adquiriendo y aceptando la influencia europea, y rechazando cualquier ligazón a las más viejas y arraigadas costumbres del interior.
Lamentablemente, la fama a nivel mundial de la Argentina pasa, por un lado, por figuras populistas que trascendieron las fronteras del país para erigirse como banderas del verdadero carácter nacional y, por el otro lado, mucho tiene que ver la personalidad del ‘porteño’.
La ‘canchereada’, el orgullo avasallante – y en gran medida sin sentido potenciado -, eclipsaron a la simpleza del ‘hombre de campo’, distanciado por naturaleza del tenso dinamismo de la gran ciudad.
De todos modos, incluyendo a todo el territorio, desde la Quiaca hasta Ushuaia, el eje de la personalidad por estos parajes del globo se caracteriza por una cultura que aboga por el libertinaje (el extra limitado hermano de la libertad), la inseguridad en todos sus niveles, la omisión de cualquier cosa que signifique esfuerzo, y, la peor característica, tal vez la madre de todas: la queja ante cualquier límite.
Sentirse limitados para los argentinos a veces significa erróneamente ‘prohibición’, y ello le genera un impulso a quebrantar la imposición, que sea por seguridad o sentido común, están pre determinadas para mantener un equilibrio.
‘Equilibrio’ es justamente lo que nunca halló el argentino.
¿Cómo se modifica?
Educación. Enseñar de manera formal, y con el ejemplo como forma práctica, en la rutina de una institución o en la cotidianeidad.
Y ello debe ser puesto en debate, porque luchar contra los más impuros hábitos que minan cualquier mínima posibilidad de evolución humana, requerirá del uso de todas las herramientas disponibles, además de la planificación no estructurada pero si consensuada de todo el proceso, para pensar que “una sociedad mejor” es posible, pero no en corto tiempo, y tampoco sin la ayuda de quienes controlen el aparato educativo – gubernamental.
‘Ser o no ser’. Ser argentino. El dilema y la barrera para el propio argentino.
viernes, 4 de septiembre de 2009
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