(La extensión de esta segunda parte me provoca pedir disculpas por un lado, debido al posible exceso de datos que provoque aburrimiento por la sobreabundancia de los mismos, y por el otro, compartir mi disfrute al redactar una nota que implicó un estudio – no tan profundo como hubiese querido – de una cuestión histórica por demás interesante)
En tiempos de crisis económica, el ahorro y gasto moderado son dos conceptos sobre los cuales se alinea el ciudadano corriente al momento de pensar sobre una compra de un bien y servicio, distanciado del manejo indiscriminado de la plata a niveles empresariales por un lado, y de la desesperación delictiva de aquellos olvidados por la política oficial.
En este marco, unos pequeños trozos de papel, llamados billetes, se constituyen en un elemento preciado y sobrestimado, más allá de su utilidad como herramienta de intercambio para cualquier operación comercial.
Paradójicamente, los billetes son generadores de un interesante debate, iniciado en la nota anterior, cuyas bases se sustentan en estudiar la vida y obra de los personajes que embellecen y colorean con sus rostros el papel y que pueden ponerse en duda o re afirmarse como merecedores de tal orgullo, aunque el orden de los valores no parezca reflejar su importancia en la historia argentina.
Detrás quedaron las exposiciones de Roca, San Martín y Belgrano.
En esta ocasión se considerarán los ideales y las prácticas de tres protagonistas que nutrieron sus vidas de compromiso y dedicación respecto la vida política del país, pero con aciertos que se contrapusieron con varias actividades y pensamientos poco felices y reprochables.
Recordado popularmente como el “padre del aula”, Domingo Faustino Sarmiento fue más que un simple promulgador de políticas que aspiraban a enriquecer la educación en el país – materia que demostró con el paso de la historia ser tan fundamental como polémico y olvidado.Imposible imaginarlo con una sonrisa después de visualizar durante tanto tiempo su gesto adusto y poco amistoso de los cuadros, Sarmiento ejerció una activa vida política en momentos de organización nacional tras el cese del conflicto entre unitarios y federales, hasta alcanzar la presidencia, en 1868, hasta 1874.
Amarrado pasionalmente al mundo de la literatura y los saberes desde chico gracias a la influencia de su familia, Sarmiento se rozó con la educación por primera vez en Francisco del Monte, San Luis, donde junto a uno de sus tíos construiría una escuela. A partir de allí, sea en San Juan o cuando se exilió en Chile, promulgó ideas innovadoras y también críticas, no solo en su materia por excelencia, sino en aspectos generales de las administraciones públicas de los lugares donde se encontraba.
Fue gracias al encargo del gobierno Chileno de visitar en misión diplomática Europa y parte de América, que se nutrió de ideales políticos, sociales, y en particular, pudo vivenciar los efectos de diversos sistemas educativos. Como nota de color, tuvo el honor de conocer al General San Martín, ya grande y exiliado en Francia, y entrevistarse con el padre de la Patria.
Paradojas de la historia, Domingo Sarmiento fue un hombre que despotricó y defenestró la figura de un personaje que evolucionó como uno de los estandartes de la tradición Argentina: El gaucho.
Familiarizado con la más fina estirpe cultural europea, consideraba al gaucho un ser despreciable por su calidad de pobre, hombre de campo vago y traba al progreso nacional, al igual que catalogaba de esa manera al indio, y al caudillo, este último, un tipo de liderazgo surgido en el interior que él enfrentó y odio, desde el momento que Facundo Quiroga invadió su natal provincia de San Juan.
Estos duros y complejos pensamientos los volcó al papel cuando publicó “Facundo”, y “civilización y barbarie”, donde explicó esta polaridad adjudicándole a la ciudad el más puro sentido de mundo civilizado empapado de cultura y educación de primera línea, y al campo hogar de “salvajes”, que de lo único de seres humanos que poseían era la sangre.
Luego de ser gobernador de su provincia y verla crecer, renunció tras no coincidir en implantar el estado de sitio con el Gobierno Nacional, comandado por Bartolomé Mitre, cuando el caudillo Chacho Peñaloza se levantó en armas.
El 12 de Octubre asumió la presidencia que había ganado en las entonces poco claras elecciones. Como presidente inauguró la primera línea telegráfica con Europa y estimuló la construcción de una red de trenes que, más allá de sus intenciones, contaron con las barreras impuestas por las empresas británicas, que pensando en sus intereses de exportación hacia Londres, tendieron las vías en forma de “abanico”, lejos de la interconexión que Sarmiento soñaba.
Tal vez una de las grandes frustraciones del Sarmiento maestro y educador, fue no poder crear un ambiente propicio para albergar a inmigrantes europeos de Inglaterra y Francia, que preferían la prosperidad norteamericana, dándole paso al arribo de españoles e italianos – en mayor medida – para trabajar en los campos, en condición de pobres.
Una vez finalizado su mandato, paseó en cargos políticos durante la presidencia de Nicolás Avellaneda y el general Roca, para fallecer en el exilio, en el país vecino de Paraguay, el 11 de septiembre de 1888, fecha la cual 55 años después fue consagrada por la Conferencia Interamericana de educación como Día del maestro.
Grandes atributos conjugados con pensamientos tan peligrosos como “políticamente incorrectos”, Domingo Faustino Sarmiento se erigió como uno de los puntales de la historia inicial de Argentina, hecho que lo catapultó a inmortalizarse en el billete de $50.
No todo es coincidencia en la vida de los a veces mal llamado “próceres” que tiñen de vida a los billetes que los ciudadanos utilizan todos los días para movilizarse por la vida.
Juan Manuel de Rosas fue una personalidad que chocó contra lo que Sarmiento exaltaba y representaba, más allá de la diferencia en generaciones.
Estanciero y proveniente de una familia rica de Buenos Aires, Juan Manuel Ortiz de Rosas – tal cual es su nombre completo – nació el 30 de 1793, y vivió ligado al trabajo y la administración de grandes campos, amasando cierta fortuna y poderío territorial en la zona, al punto tal de poseer al momento de su exilio gran parte de lo que hoy se conoce como Palermo, en el área del parque 3 de febrero.
Se codeó con los ideales federales, en especial con el caudillo santafesino Estanislao López, aunque su arribo a la gobernación de Buenos Aires (1829), con facultades extraordinarias y el mote de “restaurador de las leyes”, en pleno auge de la guerra de la gran provincia con el resto del país, lo ubicó en una posición donde tuvo que lidiar elegantemente con el egoísta y unitario pensamiento porteño y las “pseudo amistades” con los caudillos.
Atendió las demandas de líderes natos y de gran peso como Ramírez (Entre Ríos) y el mismo Facundo Quiroga, con quien se lo relaciona en el episodio de su muerte, en Barranca Yaco, como gestor de su asesinato, debido al gran poder que iba adquiriendo el caudillo riojano en el interior gracias al impulso de sancionar una constitución federalista que el alentaba, que incluso lo colocó como posible competidor de Rosas por alcanzar Buenos Aires.
Juan Manuel de Rosas inició el camino de “conquista del desierto”, en su salvaje y autoritaria campaña de 1833 y 1834, que sería completada décadas después por el General Roca, en unos de los más sangrientos episodios que enfrentó a dos argentinas totalmente diferentes.
En su segunda gobernación, el gran estanciero olvidó la amabilidad, y salió a las calles a combatir la oposición ideológica con su grupo de choque, la famosa “Mazorca”, lo más parecido a una fuerza paramilitar para combatir al que pensara distinto.
Herramienta y objetivo tan “célebre” en la historia del país.
Para complicar aún más un panorama nacional lleno de desunión y guerras civiles, Francia, descontento por los acuerdos poco beneficiosos que sí había gozado Inglaterra cuando Rivadavia administraba “su” país aparte, bloqueó el puerto de Buenos Aires, e incluso llegó a pactar con militares como Lavalle para combatir con los federales del interior.
Para combatir ello, Rosas aplicó una férrea resistencia que incluso le valió la felicitación del mismísimo José de San Martín, que lo honró con su sable de regalo ante tal acción.
Pero pasado este conflicto, el poco democrático gobernador de Buenos Aires se enfrentó con el creciente levantamiento del interior liderado por Justo José de Urquiza, ex aliado del Restaurador, y también hacendado en muchos puntos inescrupuloso y con demasiados intereses en juego.
La Batalla de Caseros ganada por el entrerriano determinó la salida de Rosas del poder, y del país, para morir en Inglaterra en 1877.
Irónicamente, sus restos fueron repatriados en 1989 por un presidente que con su extravagante peinado y patillas, recordaba - solo en apariencia, no en cuanto a prácticas e ideas – al caudillo riojano Facundo Quiroga, teóricamente muerto por órdenes de Rosas.
Otro dato de Color: Lejos una vez Rosas, todas sus tierras fueron convertidas por Sarmiento en una extensa zona de paseos donde prevaleciera la arquitectura europea y el verde natural, reflejados, entre otros, por el zoológico porteño. Rosas perdió en Caseros un 3 de Febrero, tal es el nombre del enorme parque inmerso en el barrio de Palermo.
¿Son estas suficientes razones para ubicarse, según los valores de los billetes, por delante de San Martín y Belgrano, o incluso para permanecer en el del $20 impreso? Muchos datos hacen dudar de ello.
El último personaje de este recorrido histórico promocionado por el devaluado objeto de intercambio por excelencia es Bartolomé Mitre, militar que muy joven luchó contra las fuerzas de Rosas, luego devenido en periodista y político.
Nacido en la Buenos Aires siempre conflictiva y acaparadora del poder, el 26 de Junio de 1821, Mitre saltó de cargo a cargo a nivel público: desde la legislatura, ministro de gobierno y relaciones exteriores del gobernador Valentín Alsina, ministro de guerra y marina, cabeza de la organización nacional por parte de la provincia.
La batalla de Pavón que ganan sus milicias por sobre las de Urquiza, lo colocan al tope del escalafón dirigencial, en 1862, momento en el cual se impulsaron cambios radicales – como la elaboración del Código civil y penal – pero en plena recuperación se halló en medio de la guerra con el Paraguay, para la cual se alió con Uruguay y Brasil y que lo encontró a Mitre en el campo de batalla.
Con Domingo F. Sarmiento en el poder, Mitre lideró el partido liberal – o nacionalista -, que perdería por fraude en las elecciones de 1874, y apagado su levantamiento en armas por Julio Argentino Roca, pasó cuatro años en prisión, donde se acercó a las letras, aún mas de lo que lo había hecho al crear el famoso diario “La Nación”, en 1870.
El desorganizado ambiente político lo vió nuevamente en escena para ubicarse como férreo opositor del corrupto mandato de Juárez Celman – Con Roca actuando tras bambalinas, tal cual sucede en momentos actuales -, junto a Leandro Alem, en la llamada Unión Cívica.
Lamentablemente, Mitre olvidó enseguida esa temporal unión, y pactó con Roca, quebrando su relación con Alem, que luego crearía el centenario e histórico partido de la Unión Cívica Radical.
Sus últimos años Mitre los pasó escribiendo en el diario, augurando un mejor país desde las filas conservadoras que él había antes combatido, hasta fallecer en 1906, para descansar en el cementerio de la Recoleta.
6 billetes, 6 valores diferentes, 6 personajes que enriquecieron, para bien o para mal, la historia de un país acostumbrado al desorden y las luchas internas poco honestas y claras, bañadas de tratados y acuerdos temporales y coyunturales, tal como aún se estila en la actualidad.
Cada uno contribuyó con las herramientas que las circunstancias y sus mentes privilegiadas le pusieron en su camino, utilizándolas en su favor únicamente en algunos casos, y en los menos pero más destacados, en pos de defender los interes de una nación hambrienta de independencia real que nunca concretamente llegó y una organización que nunca en políticas a largo plazo duró.
Y están impresos en los billetes. Nunca está de mas releerlos y pensarlos, para saber que pasó y que fuimos, que sucede hoy, y que hay que hacer y que no en un futuro que siempre, más allá de las proyecciones, a nivel política y economía, se presenta incierto.
lunes, 20 de abril de 2009
lunes, 13 de abril de 2009
La historia en nuestras manos. Parte I.
Literalmente, eso sucede varias veces en el día, cientos de ocasiones a la semana, para realizar los más pequeños intercambios comerciales por bienes y servicios, o las mayores adquisiciones de las que podamos gozar.
Elemento que abre las puertas a la satisfacción materialista del ciudadano – aún en su más sano y coherente sentido -, y objeto de discordia para quienes lo ven como el fin último y máximo.
El billete, un aparente inofensivo pedazo de papel, reviste un valor que estila y encausa el modo de vida de toda una población, ya que su posesión en ciertas cantidades tristemente se cataloga como el indicador – y separador - predilecto de las clases sociales y de las oportunidades en un mundo consumista y capitalista, más allá del temblor que el viejo sistema económica universal pueda sufrir.
No obstante, su sentido más estricto no debería impedir analizarlos de un modo más constructivo. Más allá de los efectos decorativos que los dotan de color y vida, los billetes guardan en sus frentes y contrafrentes una referencia a la historia de la nación, un pasado que nunca es inútil rever, aunque remar contra la corriente que implica las trabas educativas hace más costosa esa tarea.
Este ejercicio se torna más interesante luego que se conociese semanas atrás un proyecto del banco central de proveer a los billetes de nuevos y frescos rostros, en el marco del festejo del bicentenario de la Revolución de Mayo, cuestión que podría abrir un rico debate y un revisionismo necesario, más allá de compartir la presencia o no de ciertas figuras actuales.
Si se tomara cierta porción de una población, un muestreo heterogéneo que contemplara individuos de todas las edades, resultaría interesante obtener los datos concernientes al conocimiento de cada uno de los personajes que ilustran los billetes que se utilizan a diario.
¿Cuál sería ese resultado?
Aún a riesgo de caer en un mal prejuicio, la derivación de una hipotética encuesta no serían los más agradables. Tristemente es fácil constatar que las figuras nacionales impresas en elementos de tanto uso no gocen de cierta popularidad, cuando de enseñanza recibida a través de la vida se trata.
Una breve reseña básica de la vida y obra de quienes seriamente nos ven desde los billetes, cuya única modificación podría ser el cambio entre los mismos para darle un “valor simbólico” más acorde a lo sucedido respecto del crecimiento de la república a cada uno.
Ejemplo: San Martín, el padre de la patria, se encuentra en el billete de 5 pesos, cuando Roca, un ex presidente que borró a los indígenas del sur y repartió las tierras a discreción entre pocos, cubre el billete de mayor valor. ¿Hay coherencia?
Julio Argentina Roca, nacido el 17 de Julio de 1843 en tierras tucumanas, valió su popularidad para alcanzar el más algo grado en la escalafón política en la lamentable “-“Conquista del desierto”, un perfeccionamiento de la “campaña” organizada por Rosas décadas antes, para hacer desaparecer del mapa definitivamente en 1879 la “supuesta amenaza” del salvaje indio.
No obstante, su primera presidencia (1880-1886) arrojó saldo positivo, a nivel infraestructura y con respecto a lineamientos legales para encausar el camino político, económico y social del país.Se crea el Banco Hipotecario Nacional, se sancionan los Códigos Penal y de Minería y se dictan las leyes de Registro Civil, de Matrimonios y de Educación, siendo esta última la famosa ley 1.420, que caracterizaba de laica, gratuita y obligatoria la asistencia a los centros educativos, que se expandieron a zonas rurales.
Lamentablemente, no fue un luchador de la pureza política, ya que colocar a su concuñado Miguel Juárez Celman en el poder para mantener desde atrás el control fraudulento del estado fue su más hábil jugada, para luego retomar la presidencia en 1898, tras aguantar el embate del naciente partido Unión Cívica, devenido más tarde en el radicalismo de Leandro Alem, tras la separación con Mitre, que “pactó” con el inteligente Roca.
Pros y contra de una figura que, como todas e independientemente de sus aciertos y errores, conforman la historia nacional.
Pero, ¿son estos méritos para encontrarse, según los billetes nacionales, por encima de San Martín, Belgrano, e inclusive el polémico Sarmiento?
José de San Martín, nacido el 25 de febrero de 1778, fue un prodigioso militar formado en las experimentadas filas españolas que luego se enfrentaron al poderío napoleónico, cuando Don José es nombrado Teniente Coronel.
Característico de su valiente y voluntariosa personalidad, volvió a sus tierras una vez enterado del movimiento independentista que con la palabra y su patriotismo práctico defendió, guerreando contra la nación que lo había formado.Defensor de la honestidad y los intereses del pueblo, se enfrentó de por vida con Bernardino Rivadavia, amante del centralismo unitario, cuya corrupción y afinidad con los propósitos coloniales – en especial codeándose con el poderío inglés – fueron homenajeados con la avenida más larga del país. Paradójico.
Compartió las ideas federales de coparticipación política y económica de los caudillos como el salteño Martín de Güemes, y abogó por la evolución en cuanto a leyes y normas que abolieran la esclavitud y la repartición de tierras en desmérito de los pobres trabajadores, y fomentaran la producción de la industria nacional, en el marco de un proceso educativo abarcativo.
Sin embargo, su “obra cumbre” fue el cruce de los Andes, paso obligado para concretar su recorrido independentista contra los realistas españoles, en tierras chilenas y peruanas.
Olvidado y odiado por el poder residente en Buenos Aires por no serles funcional a sus nefastos y egoístas intereses, San Martín tuvo que exiliarse para fallecer el 17 de Agosto de 1850, lejos de su patria.
¿No es esto suficiente material como para valorar más la figura de tal patriota?
El orden de los billetes que tanto usamos no indica eso, tanto para él como para Manuel Belgrano, abogado, economista, periodista devenido en militar, nacido el 3 de Junio de 1770, en Buenos Aires.
Activo participante de la Revolución de Mayo y los intentos de gobierno posteriores, dejó la diplomacia que sus saberes económicos y de derecho le proveían para colaborar con gran valor en el proceso de independencia, a lo que contribuyó, además de valiosos triunfos en el campo de batalla y el valeroso éxodo del pueblo jujeño desde el norte donde atacaban los realistas, con la creación de nuestro bello símbolo Nacional: La bandera.
Reconocida su labor por nada más y nada menos que José de San Martín, fue contrariamente olvidado por el falso poder central, cuando falleció en penumbras, dueño de la enfermedad, el 20 de Junio de 1820, sumido en la pobreza, estamento social al que cayó tras donar para creación de 4 escuelas los 40 mil pesos oro que le otorgó la Asamblea del año 1813 por sendos triunfos en Tucumán y Salta. ¿El dinero? Se sumergió en la oleada de la corrupción, para su sueño nunca ser cumplido enteramente.
Trágicas realidades que marcaron el rumbo de un Estado siempre en falta, aún en las etapas más apacibles y de mayor crecimiento en todos los sectores.
¿Son los billetes los indicadores de la importancia, si analizarla en grados o niveles se puede? Si y no. De forma positiva lo son, porque sus valores en pesos aparentan proveerle el número indicado a cada prócer. En su modo negativo, implica ser indiferente a ello, y estudiar las figuras en sus contextos espacio – temporales, bajo el siempre interesante lema “Saber lo que fuimos, para entender lo que somos y proyectar hacia donde vamos”.
El debate esta abierto, y todas las opiniones son válidas, siempre que se basen en el argumento. La segunda parte de la presente nota será la continuidad del mismo, repasando la vida y obra de quienes restan reveer:
Sarmiento, padre del aula pero político y militar de ideas “políticamente incorrectas”, Rosas, federa devenido en unitario, defensor del territorio nacional contra fuerzas extranjeras pero centro de excesivo poder local, y Mitre, ex presidente que “tranzó” en su momento por conveniencia, y que osciló entre los buenos augurios y la oscuridad de la prisión.
Continuará.
Elemento que abre las puertas a la satisfacción materialista del ciudadano – aún en su más sano y coherente sentido -, y objeto de discordia para quienes lo ven como el fin último y máximo.
El billete, un aparente inofensivo pedazo de papel, reviste un valor que estila y encausa el modo de vida de toda una población, ya que su posesión en ciertas cantidades tristemente se cataloga como el indicador – y separador - predilecto de las clases sociales y de las oportunidades en un mundo consumista y capitalista, más allá del temblor que el viejo sistema económica universal pueda sufrir.
No obstante, su sentido más estricto no debería impedir analizarlos de un modo más constructivo. Más allá de los efectos decorativos que los dotan de color y vida, los billetes guardan en sus frentes y contrafrentes una referencia a la historia de la nación, un pasado que nunca es inútil rever, aunque remar contra la corriente que implica las trabas educativas hace más costosa esa tarea.
Este ejercicio se torna más interesante luego que se conociese semanas atrás un proyecto del banco central de proveer a los billetes de nuevos y frescos rostros, en el marco del festejo del bicentenario de la Revolución de Mayo, cuestión que podría abrir un rico debate y un revisionismo necesario, más allá de compartir la presencia o no de ciertas figuras actuales.
Si se tomara cierta porción de una población, un muestreo heterogéneo que contemplara individuos de todas las edades, resultaría interesante obtener los datos concernientes al conocimiento de cada uno de los personajes que ilustran los billetes que se utilizan a diario.
¿Cuál sería ese resultado?
Aún a riesgo de caer en un mal prejuicio, la derivación de una hipotética encuesta no serían los más agradables. Tristemente es fácil constatar que las figuras nacionales impresas en elementos de tanto uso no gocen de cierta popularidad, cuando de enseñanza recibida a través de la vida se trata.
Una breve reseña básica de la vida y obra de quienes seriamente nos ven desde los billetes, cuya única modificación podría ser el cambio entre los mismos para darle un “valor simbólico” más acorde a lo sucedido respecto del crecimiento de la república a cada uno.
Ejemplo: San Martín, el padre de la patria, se encuentra en el billete de 5 pesos, cuando Roca, un ex presidente que borró a los indígenas del sur y repartió las tierras a discreción entre pocos, cubre el billete de mayor valor. ¿Hay coherencia?
Julio Argentina Roca, nacido el 17 de Julio de 1843 en tierras tucumanas, valió su popularidad para alcanzar el más algo grado en la escalafón política en la lamentable “-“Conquista del desierto”, un perfeccionamiento de la “campaña” organizada por Rosas décadas antes, para hacer desaparecer del mapa definitivamente en 1879 la “supuesta amenaza” del salvaje indio.
No obstante, su primera presidencia (1880-1886) arrojó saldo positivo, a nivel infraestructura y con respecto a lineamientos legales para encausar el camino político, económico y social del país.Se crea el Banco Hipotecario Nacional, se sancionan los Códigos Penal y de Minería y se dictan las leyes de Registro Civil, de Matrimonios y de Educación, siendo esta última la famosa ley 1.420, que caracterizaba de laica, gratuita y obligatoria la asistencia a los centros educativos, que se expandieron a zonas rurales.
Lamentablemente, no fue un luchador de la pureza política, ya que colocar a su concuñado Miguel Juárez Celman en el poder para mantener desde atrás el control fraudulento del estado fue su más hábil jugada, para luego retomar la presidencia en 1898, tras aguantar el embate del naciente partido Unión Cívica, devenido más tarde en el radicalismo de Leandro Alem, tras la separación con Mitre, que “pactó” con el inteligente Roca.
Pros y contra de una figura que, como todas e independientemente de sus aciertos y errores, conforman la historia nacional.
Pero, ¿son estos méritos para encontrarse, según los billetes nacionales, por encima de San Martín, Belgrano, e inclusive el polémico Sarmiento?
José de San Martín, nacido el 25 de febrero de 1778, fue un prodigioso militar formado en las experimentadas filas españolas que luego se enfrentaron al poderío napoleónico, cuando Don José es nombrado Teniente Coronel.
Característico de su valiente y voluntariosa personalidad, volvió a sus tierras una vez enterado del movimiento independentista que con la palabra y su patriotismo práctico defendió, guerreando contra la nación que lo había formado.Defensor de la honestidad y los intereses del pueblo, se enfrentó de por vida con Bernardino Rivadavia, amante del centralismo unitario, cuya corrupción y afinidad con los propósitos coloniales – en especial codeándose con el poderío inglés – fueron homenajeados con la avenida más larga del país. Paradójico.
Compartió las ideas federales de coparticipación política y económica de los caudillos como el salteño Martín de Güemes, y abogó por la evolución en cuanto a leyes y normas que abolieran la esclavitud y la repartición de tierras en desmérito de los pobres trabajadores, y fomentaran la producción de la industria nacional, en el marco de un proceso educativo abarcativo.
Sin embargo, su “obra cumbre” fue el cruce de los Andes, paso obligado para concretar su recorrido independentista contra los realistas españoles, en tierras chilenas y peruanas.
Olvidado y odiado por el poder residente en Buenos Aires por no serles funcional a sus nefastos y egoístas intereses, San Martín tuvo que exiliarse para fallecer el 17 de Agosto de 1850, lejos de su patria.
¿No es esto suficiente material como para valorar más la figura de tal patriota?
El orden de los billetes que tanto usamos no indica eso, tanto para él como para Manuel Belgrano, abogado, economista, periodista devenido en militar, nacido el 3 de Junio de 1770, en Buenos Aires.
Activo participante de la Revolución de Mayo y los intentos de gobierno posteriores, dejó la diplomacia que sus saberes económicos y de derecho le proveían para colaborar con gran valor en el proceso de independencia, a lo que contribuyó, además de valiosos triunfos en el campo de batalla y el valeroso éxodo del pueblo jujeño desde el norte donde atacaban los realistas, con la creación de nuestro bello símbolo Nacional: La bandera.
Reconocida su labor por nada más y nada menos que José de San Martín, fue contrariamente olvidado por el falso poder central, cuando falleció en penumbras, dueño de la enfermedad, el 20 de Junio de 1820, sumido en la pobreza, estamento social al que cayó tras donar para creación de 4 escuelas los 40 mil pesos oro que le otorgó la Asamblea del año 1813 por sendos triunfos en Tucumán y Salta. ¿El dinero? Se sumergió en la oleada de la corrupción, para su sueño nunca ser cumplido enteramente.
Trágicas realidades que marcaron el rumbo de un Estado siempre en falta, aún en las etapas más apacibles y de mayor crecimiento en todos los sectores.
¿Son los billetes los indicadores de la importancia, si analizarla en grados o niveles se puede? Si y no. De forma positiva lo son, porque sus valores en pesos aparentan proveerle el número indicado a cada prócer. En su modo negativo, implica ser indiferente a ello, y estudiar las figuras en sus contextos espacio – temporales, bajo el siempre interesante lema “Saber lo que fuimos, para entender lo que somos y proyectar hacia donde vamos”.
El debate esta abierto, y todas las opiniones son válidas, siempre que se basen en el argumento. La segunda parte de la presente nota será la continuidad del mismo, repasando la vida y obra de quienes restan reveer:
Sarmiento, padre del aula pero político y militar de ideas “políticamente incorrectas”, Rosas, federa devenido en unitario, defensor del territorio nacional contra fuerzas extranjeras pero centro de excesivo poder local, y Mitre, ex presidente que “tranzó” en su momento por conveniencia, y que osciló entre los buenos augurios y la oscuridad de la prisión.
Continuará.
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