sábado, 7 de noviembre de 2009

El escrache y el piquete. El poder de las masas amparado por el poder.

El poder suele ser una tentación tal para aquellos que lo ven con hambrientos ojos desde afuera, que los métodos para alcanzarlo se han instituido de tal manera en la forma de hacer política en Argentina, que la esencia de la mera actividad se halla bastardeada y ultrajada, aunque sin aparentes intenciones de ser modificadas, aún mediante un proceso de “descontaminación” gradual.

Las grandes movilizaciones de masas inducidas por un líder son características de la historia argentina. El fin, más allá de la persona o institución, es el mismo: influir sobre una decisión tomada o que está en camino de aplicarse en el ámbito legislativo y/o gubernamental, un debate de gran trascendencia para cierto grupo, o la impetuosa queja ante la injusticia cometida hacia muchos por el beneficio de unos pocos.

Todo puede ser válido, pero también todo puede – y de hecho es – reprobable.
El último accionar de piqueteros en la Avenida 9 de Julio, la semana pasada, rebrotó la necesidad de debatir sobre una herramienta tan en uso que, hasta el más mínimo atisbo de descontento por parte de un público, implica adelantarse, si no resignarse, ante la posibilidad de afrontar un día de caos vehicular y, por ende, laboral.

Por más importantes a tener en cuenta que sean las posturas, la imagen es por sí misma dudosa: Enmascarados con palos de hierro, parados amenazantes como soldados de regimiento a impedir el paso con la mera agresiva presencia, sin miedo a usar la violencia física. Ya no hay más palabras.

“El último gran corte”, como se le puede denominar al campamento instalado frente al Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, por gente llegada desde la provincia generó que hasta la misma Presidente, Cristina Fernández, tuviese que pedir por la aparición de los responsables del corte y la liberación de la zona.

Integrantes de diversos movimientos sociales, como el frente Darío Santillán, el Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón y el MTR Santucho se apostaron firmemente frente al ministerio conducido por la hermana de Néstor Kirchner, Alicia, justificando sus protestas con el argumento de querer ser contemplados en el plan de cooperativas que la Presidente lanzó en Agosto, el cual preveía la creación de cooperativas sociales que generarían 100.000 puestos nuevos de trabajo.

¿Qué pasó entonces, si el plan, desde las palabras, suena tan dulcemente tranquilizador para aquellas clases más perjudicadas por la situación actual del país?
Comenzaron a surgir las tradicionales complicaciones y denuncias: los beneficios otorgados por las autoridades – sean intendentes o jefes comunales - para los punteros políticos y los “amigotes” de turno. Es decir, el liderazgo se le otorga a quien el día de mañana pueda movilizar la gente necesaria para lo que sea.

Aunque tal argumento pueda resultar tan convincente como real y lógico en un contexto social y económico de crítica magnitud como el que se palpa día a día, el andar de enormes masas de gente por las calles provoca la mínima sospecha de la opinión pública, más allá del malestar que suscita al pensar en la desidia social, fruto de la irresponsabilidad gubernamental.

El preconcepto – que se obtuvo mediante las puras evidencias de la realidad argentina – de saber que el soborno sobre la vida misma es suficiente como para manipular a la masa más necesitada, está instalado, y la sociedad, antes de informarse, pega el grito en el cielo. Entonces ahí es cuando chocan las intenciones.

De paso, y para rellenar la ensalada de la decadencia, desde el Gobierno Nacional y el local, los dardos acusantes volaban de lado a lado, para quedar en la total nada. Más de lo mismo.
Diferente es el escrache y el piquete con fines puramente políticos solventados por fondos públicos o la corrupción de los enlaces de gremios y asociaciones con el poder: Los bloqueos de Moyano y su gente a las distribuidoras de diario es un ejemplo más de cómo nada importa cuando al enemigo se quiere pulverizar.

Los violentos escraches sufridos por el senador radical Gerardo Morales en Jujuy hace casi un mes - cuando asistía a encuentro en el Consejo Económico de Ciencias Económicas en la provincia norteña – constituyen otro reflejo de la realidad nacional: La intolerancia promovida desde distintos sectores del poder con la sucia intención de desgastar y asustar, atando de pies y manos a personas que se saben sin educación y sin ingresos lícitos mediante el chantajeo encubierto.

La receta para la maldad se completa con la protección que varios componentes de la política nacional y provincial mantienen a rajatabla para individuos como Milagros Sala – principal acusada por los actos en la capital jujeña – y tantos otros, por medio del cuidado lejos de la justicia y el control, teniendo en cuenta los millones de pesos que se gastan para “tenerlos de un mismo lado”.

Casos como estos abundan en la última década en todo el país. El derecho a la huelga, contemplado en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, podría ser entendido como “antiguo” y “conservador”, por cualquiera que desee modernizar los límites legales acorde al mundo avanza… ¿o retrocede?

La ilegalidad que revisten los violentos artilugios del escrache y el piquete no importa al poder cuando las grandes masas de personas pueden servir para posicionarse en el mapa político de la República.Es triste, pero para nada alocado estudiar e inferir con mucha lógica y evidencias al por mayor, que muchas de las que se dicen ser asociaciones con fines sociales no son más que enclaves de gran utilidad para el político cuyo poderío debe ser mostrado cuantitativamente: Cuanta más gente se movilice, mayor es la influencia.

Lo más bajo y denigrante de la clase política nacional en su mayoría – Con esperanzadoras excepciones boyando sin mucho éxito – continúa manejando los hilos de un territorio castigado, tan rico como desaprovechado. Y mientras el mundo nos ve con ojos entrecerrados, el clima interno no halla equilibrio y nadie tomará la batuta para iniciar un camino de reformulación.

¿Hacia dónde vamos?

A veces es mejor no contestar. A veces es mejor ni preguntar. Solo comenzar a trabajar.c

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