miércoles, 19 de marzo de 2008

La impunidad y la tragedia, marcas registradas del fútbol argentino

El sábado 15 de marzo nuestro fútbol ha muerto otro poco más. El deporte más popular de la Argentina ha vuelto a sufrir el ataque de insensatos que, disfrazados bajo el manto sagrado que significa para un hincha normal la camiseta de su club, han logrado vestir de luto a la familia futbolera, una vez más.
Nuevamente, grupos minoritario, y no por ello con poca fuerza, tiñeron con sangre inocente a lo que se supone que debe ser, y es en definitiva, un espectáculo. Esta vez, la víctima fue Emanuel Álvarez. Con tan solo 21 años y toda una vida por delante, este joven encontró la muerte cuando se dirigía con hinchas de Vélez a disfrutar del equipo de Hugo Tocalli que, en defensa del liderazgo del torneo, visitaba al San Lorenzo de Ramón Díaz. Pero en el camino, el delirio y la irresponsabilidad asesina que nos invade día a día se personificó en un individuo que, sin piedad, y obviamente sin pensar, atacó a los micros que habían partido de Liniers, con un arma de fuego, que acabó con la vida del adolescente hincha de Vélez.
Apenas sucedido el hecho, comienzan a repartirse las culpas, y en la desesperación y la impotencia, buscamos al culpable inmediato. Pero no alcanza. Ofrecer cien mil pesos por un dato que delate al asesino cada vez que algo de esta naturaleza suceda, no alcanza.
Ninguna reacción violenta tiene justificación y en cada caso es totalmente reprochable el uso de la fuerza como medio para lograr un objetivo, sea cual fuere. Pero es entendible la reacción de la hinchada del club de Liniers cuando, en el Nuevo Gasómetro, el partido iba a dar comienzo, sin estar tanto los árbitros como los jugadores, enterados de la masacre ocurrida una hora antes. Y el partido fue suspendido.
Los interrogantes vuelven a fluir y el tema de la "violencia en el fútbol" retorna a la agenda, obligándo a los dirigentes y políticos a desempolvar una cuestión que nunca encuentra solución.
Los barrabravas copan nuevamente el escenario que debiera ocupar el juego protagonizado por 22 hombres vestidos con camisetas de distintos clubes. ¿Quiénes son estos barrabravas?
En la mayoría de los casos se saben quienes son, pero nadie se atreve a denunciar quien los mantiene, y cuando la verdad sale a flote, distintas voces la callan - de manera violenta en algunos casos - o contradicen. Entonces los responsables directos se lavan las manos, y vuelven a sentarse en sus elegantes oficinas, aparentando buscar soluciones de un problema al que están íntimamente apegados.
Y el ministro de justicia Aníbal Fernández intenta separar a la violencia en el fútbol de la inseguridad que nos aqueja a todas horas. Pero ambos son males que conllevan la muerte. Ambos son males que no encuentran medidas satisfactorias, y que sigan acumulando víctimas inocentes.
¿Dónde está la policía? Las supuestas “fuerzas de seguridad” solo saben apalear y reprimir a través del alambrado de un estadio de fútbol, y no protegen como es debido a las personas civilizadas que, en este caso, son representados por simples hinchas del fútbol, que se vieron a merced de un asesino sin cerebro.
Y para demostrar una vez más la incapacidad de la Policía federal en muchas de sus responsabilidades, los micros de Velez volvieron por el mismo camino, con tan solo un par de patrulleros resguardando cualquier desborde que no iban a poder evitar.
Sin embarbo, la violencia no termina allí. El domingo, en las cercanías de la cancha de Boca se sufrieron momentos de extrema tensión cuando los mismos barrabravas del club se enfrentaron en la calle como si fuesen soldados en medio de una guerra.
Y porque lamentablemente esto es así. Las guerras entre quienes buscan el poder, bancados por dirigencias que, aún con las mejores intenciones - aunque no todas lamentablemente -, no logran erradicar de raíz esta enfermedad que oprime al fútbol y no deja respirar un aire de espectáculo, más allá de los triunfos y las derrotas, reglas de lo que es, a fin de cuentas, un juego.
La mira y las críticas llueven sobre la subsecretaría de espectáculos deportivos, a cargo del ex árbitro Javier Castrilli, cuya rectitud y eficacia dentro del campo de juego no puede transmitir a las medidas a tomar en el rubro ‘seguridad deportiva’.
Lo cierto es que la ineficacia de los operativos de seguridad, la insuficiencia e irregularidad de los controles previos y las sanciones que no se aplican, más al agregado de la complicidad de las dirigencias y el descontrol de los que se hacen llamar hinchas, aunque lo que menos les interese es el espectáculo, se han conjugado una vez más para llevarse la vida de un inocente.
Ninguna muerte es digerible. No hay que dejar que el fallecimiento de Emmanuel Álvarez pase desapercibido. Se siguen sumando, y las estadísticas de cada fecha no sirven para opacar y silenciar lo que ha sucedido. No hay que seguir cometiendo el mismo error.
Todos somos responsables. Todos formamos parte de una sociedad que aprendió a vivir en medio de la ambigüedad extrema: solidaridad y calidez por un lado, irresponsabilidad, inmadurez por el otro, con el agregado que la cara negativa de la Argentina se agiganta cuando lleva consigo la muerte sin sentido, el llorar de una familia que una vida ha perdido, y la inseguridad que cada día se renueva, con diversas formas de aniquilar una paz social que se aleja más y más, mientras en el mundo de la política los cruces son constantes, pero las medidas tomadas siguen sirviendo de nada.

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