“Si te vas, volvé”. Las ‘buenas intenciones’ que el Gobierno transmitió a la población con la ‘sugerencia’, publicada en medios gráficos y por mensajes de texto, para que los conductores manejen con especial cuidado durante ese fin de semana largo no han logrado, por el momento, resultados favorables. Tan solo han pasado dos días – jueves y viernes – y el número de muertes ha ascendido a 23.
El comportamiento irresponsable en las rutas y caminos argentinos y en muchas ocasiones la falta de control desde la policía y las sanciones legales, sumado al mal estado de muchas carreteras, se mezclan para lograr llevar a la Argentina muy alto en el ranking de países con mayor cantidad de accidentes viales, en proporción a su parque automotor.
Increíblemente, desde el Gobierno salen a ‘calmar los ánimos’ con declaraciones confusas, hasta casi bizarras, afirmando que el plan da resultado, debido a la menor cantidad de víctimas con respecto a la semana santa del año 2007.
¿Es realmente efectiva la disposición de la Casa Rosada cuando tenemos que de todas maneras lamentar muertes?
La respuesta salta a la vista con tan solo mirar los números. Sin embargo, la culpa no es cargada en su totalidad por las autoridades gubernamentales.
El argentino sigue sin aprender a conducir, y más que nada, continúa ignorando las experiencias como sociedad, y sin prestar atención a las campañas de concientización, o sin apelar al sentido común, acelera a toda velocidad, sin importar el lugar, y que se salve el que pueda.
Las variables a tener en cuenta son muchas. En primer lugar, la aplicación de las sanciones por ley determinadas, desde un minúsculo choque en dos calles de la ciudad, hasta castigar severamente la falta de respeto a las normas de tránsito.
Superficialmente, la crisis vial en Argentina debe ser combatida con fuertes castigos legales a quienes violen las normas de tránsito, desde un minúsculo incidente con un semáforo en rojo en una calle de la ciudad, hasta el choque más grande en una ruta. Pero la aplicación de las sanciones, como en muchos de los ámbitos en el país, es endeble.
Desde la autoridad hay que comenzar a corregir aquellas imprudencias e irresponsabilidades que los conductores parecen empeñados a mantener en vigencia. Las altas velocidades y la temeridad tras el volante son los componentes básicos para la receta fatal del accidente vehicular. Y como la sal a una ensalada, la impaciencia es el condimento especial que origina muchos de los incidentes en las calles.
De todas maneras, con el ejemplo se enseña. Y en ese sentido, las falencias en los controles juegan un papel preponderante.
De fondo, la educación, que en Argentina tampoco pasa por un momento de gloria, es el elemento fundamental para comenzar a cambiar esta situación. La enseñanza desde los primeros niveles debe abordar la cuestión vial como esencial para la formación de un adolescente que luego saldrá a la calle, bajo su responsabilidad, manejando su vida y la de los demás.
Las políticas de Estado son nulas en la Argentina. Sabido es que la llegada de una nueva bandera partidaria al poder es sinónimo de crítica de lo hecho anteriormente y de cambios casi totales en los ministerios e instituciones estatales.
A pesar de ello, la crisis vial debe ser atendida especialmente por el Gobierno Nacional, en coparticipación con la ciudad y los gobiernos provinciales, para generar seguridad desde las leyes, desde la aplicación de las mismas y la concientización en materia educativa, no simplemente desde campañas cada fin de semana largo.
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