martes, 8 de julio de 2008

La Independencia incompleta

"¿Queréis que las provincias de la unión sean una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli...?”

Francisco Narciso de Laprida, Presidente del Congreso reunido en Tucumán, pronunció con firmeza y decisión las palabras que alentaron a los diputados reunidos a votar afirmativamente, para luego redactar el “acta de emancipación”. Era el 9 de Julio de 1816.

“Nos, los representantes de las Provincias Unidas de Sud América, reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside el universo, en el nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al cielo, a las naciones y a los hombres todos del Globo la justicia que regla nuestros votos; declaramos solemnemente a la faz de la tierra que voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueran despojadas, e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”.

Nacía una nueva Nación independiente. El sueño de libertad que se había comenzado a gestar en la semana de Mayo de 1810 se convertía en una realidad, aunque la unión nacional tan deseada desde aquel momento es, incluso hasta el día de hoy, muy difícil de vivenciar.
Aunque se rompían oficialmente los lazos con España, las cuestiones internas – traducidas en varios casos en luchas mortales - se convirtieron en una conspiración constante que atentó contra la intención de crear un lazo que lograra adherir todos los sectores del país. Y los rastros de la discordancia se sienten hasta nuestros días.

Atrás quedaban las limitadas intenciones independentistas de Rivadavia, Pueryrredón, Alvear y compañía, que se sublevaban contra los vastos y valientes esfuerzos de gente como San Martín, Belgrano y Moreno, quienes deben enorgullecernos como argentinos. De todas maneras, el camino recién se iniciaba.

Los egoístas y avaros intereses personales de muchos que manejaban las riendas políticas en el territorio nacional, encubiertas bajo el “manto sagrado” de ideales partidistas, en un contexto de pleno debate acerca de los pasos a seguir en el plano institucional, se tradujeron en ambigüedades que duraron años. Y esas rivalidades enfrentaron – y enfrentan - a muchos compatriotas.

Desde Morenistas y Saavedristas, unitarios y federales, acuerdistas y antiacuerdistas, radicales y peronistas. Dicotomías por derecho y pensamientos, guerras verbales, y muchas veces, cuerpo a cuerpo. La convivencia política nunca fue realmente posible en Argentina.

Estos “casi eternos” enfrentamientos confabularon contra las variadas oportunidades que la República en toda su historia vio pasar para romper con el techo de nación “sub desarrollada” y realmente convertirse en un país en “vías de desarrollo”, más allá de los pocos buenos momentos políticos, económicos y sociales que se han documentado.

¿Es Argentina realmente independiente? A nivel externo, nuestros incontables recursos fueron mal explotados, y se han vendido a firmas extranjeras muchos de ellos, y cuando se han hecho bien las cosas, una política mal aplicada o casi obligada – no consultada – ha tirado abajo tremendo esfuerzo. Pero muy lejos se encuentra la independencia financiera y económica, en un mundo globalizado y capitalista, en crisis ambiental y alimenticia. Argentina “siempre pudo” marcar cierta diferencia, Pudo, pero “no quiso”.

Admirados por solidarios y cálidos, odiados por egocéntricos y “cancheros”, los argentinos convivimos con los extremos diariamente, pero siempre es tan difícil hallar los grises, y cuando lo hacemos, algún detalle determina que ello no alcanza.

La poca estabilidad de la democracia y las instituciones durante gran parte del siglo XX fue el factor principal que evitó cualquier tipo de crecimiento sustentado.

Pero no toda la responsabilidad se la llevan quienes tomaron el poder a la fuerza. Muchas de las políticas económicas que manejaron Presidentes y Ministros y compañia no contemplaron las consecuencias, ni siquiera en el “durante”. Las políticas de estado en nuestro país no existen. Asimismo, al decir “independencia”, pareciera que solo nos referimos a los sucesos de hace casi dos siglos, cuando el concepto atañe mucho más que su mera mención en un libro de texto.
Podemos referirnos a independencia de los tres poderes de la Nación. Independencia de los funcionarios que deben responder a la ciudadanía, no a un mandamás que obliga y presiona.

Y como ciudadanos, los argentinos fuimos y somos también, en parte culpables. Por que votamos en democracia – aunque a comienzos de siglo los sufragios carecían de orden legal en su totalidad – y porque de ignorancia e impaciencia, apoyamos a gente en momentos delicados, sin saber lo que pasaba, ni lo que sucedería después.

Y hasta el día de hoy sufrimos por el pasado. Es innegable que no hay que olvidar, para no caer en los mismos errores. También es cierto que hay que evitar que lo sucedido influya negativamente en las decisiones del hoy.

Lamentablemente, tenemos que convivir día a día con el desacuerdo, la indefinición, o en todo caso, los “arreglos”, las decisiones unilaterales, o las determinaciones y procedimientos insuficientes. Y a nivel social y económico, las evidencias saltan a la vista. Hemos avanzado, nos hemos estancado. Y en algunos aspectos, como el educativo, hasta hemos retrocedido.

¿Hay buenas perspectivas a futuro? ¿Adónde iremos a parar?… tal vez una pregunta retórica, pero la sociedad argentina necesita saber la respuesta. Y con seguridad y hechos. No solo con promesas, para luego ver los efectos de malos caminos tomados. Por el momento, soñar y esperanzarse, no cuesta nada…

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