lunes, 27 de octubre de 2008

El ‘desafío’ de caminar por las veredas porteñas

Transitar a pie los distintos barrios puede significar toda una travesía, como si se tratara de un expedicionario que se aventura a cruzar tierras desniveladas o áreas pantanosas inundadas de barro bien fresco. Eso sucede en varias calles y avenidas de la Ciudad de Buenos Aires, que no cuentan con baldosas en buen estado, y en muchos casos, faltantes de ellas, obliga a los transeúntes a zigzaguear y esquivar pozos, que se tornan peligrosos si no se presta gran atención, o si el desdichado que se las cruza es un anciano o persona con movilidad reducida.

Más allá que las zonas más caras y turísticas de la Capital son las que se benefician de un arreglo “rápido” y “eficaz” de las veredas, en detrimento de barrios de clase media y media-baja, hay arreglos por demás básicos que se hacen rogar y que afean al paisaje de la ciudad, además de generar peligro e incomodidad.

Variables a sumar y no dejar de mencionar son los sectores con paso reducido, sea por las sillas y mesas de un restaurante, o por bultos olvidados por algún local, o las infaltables obras en construcción que, lejos de proporcionar una manera segura de transitar por su pequeña “zona de jurisdicción”, convierten unos pocos metros en una llanura de tierra que levanta polvo molesto con un pequeño soplo de viento, y piedras que imperceptiblemente se erigen sobre la superficie para amenazar con los pobres pies de los individuos que por allí transiten.

El Jefe de Gobierno, Mauricio Macri, se jacta de estar poniendo todo su empeño en “hacer de Buenos Aires” una ciudad más linda y más transitable. No es mentira que se divisan por momentos empleados municipales que reparan veredas arruinadas y que incluso amplia las rampas en las esquinas para beneficio de gente con dificultades motrices o madres con carritos para bebes.

¿Pero alguien efectivamente controla de manera no corrupta la invasión y mal uso de la vía pública? Con decir ‘pública’, todos y cada uno de los ciudadanos de la metrópolis tiene poder sobre el territorio que ellos mismos mantienen.

No solamente el arreglo de las miles de baldosas viejas y destruidas implica el cuidado del suelo porteño. Demasiadas zonas – entre ellas el mismísimo centro de la ciudad – manifiestan un desinterés total de la gente por evitar la suciedad, tirando papeles y hasta líquido, lo cual después generará una especie de “pegote”, que en algunos casos hasta origina un olor poco agradable.

El corazón financiero y económico de la ciudad convive entre papeles y papelitos, y a la noche cierra sus ojos en medio de bolsas de residuo tiradas al pie de un poste de luz o algún semáforo. Y nadie parece percatarse que ello solo ocasiona temor por acercarse, además de contar con los olvidados cartoneros o gente de la calle, que alejada de todo cuidado por parte del Estado, rompen las bolsas y de modo nada higiénico toman parte de sus contenidos.

Pero ello se encuentra extendido por toda la ciudad. Zonas neurálgicas de movimiento de gente y transporte como Retiro, Once y Constitución son el reflejo de destrucción paulatina que, además de la ineficacia de infinitos arreglos y otros tanto que quedan por hacer, atenta con la comodidad que por derecho – y sentido común – deben percibir los habitantes de Buenos Aires y quienes arriban a ella para gozar de (supuestos y soñados) buenos servicios.
Y un verdadero plan de limpieza y acondicionamiento de la ciudad, que contemple todos los barrios y a todos aquellos que en la misma viven y transitan, no ha sido ni siquiera pensando.

Las calles porteñas también encuentran puntos varios con terrenos baldíos, dejados por el momento de lado por la fiebre de la construcción que azota a tantas manzanas – y que genera tanta queja fervorosa de los vecinos molestados por el ruido y las consecuencias estructurales para sus viviendas. Nadie para vigilarlos de cerca, nadie para asegurarse que jóvenes irresponsables los usen para cualquier actividad no saludable, en especial en horas avanzadas hacia la madrugada.

Eso genera mayor inseguridad, porque al caer la noche, la oscuridad del cielo encuentra el complemento perfecto en los postes de luz que faltan en calles internas, e incluso que en avenidas con constante movimiento solo alumbran unos poquitos metros con focos amarillos que no sirven realmente para nada.

Todos los puntos son negativos y engrosan la lista de defectos históricos de la querida Ciudad de Buenos Aires, con respecto a su infraestructura y el panorama que muestra, al menos superficialmente – Prohibido olvidar el desastre que provoca una lluvia y su consecuente inundación.
Embellecer Puerto Madero y barrios aledaños abre la puerta a los turistas que creen encontrarse frente a la galantería paisajística de una Metrópolis que crece. Pero adentrarse a la misma significa recorrer espacios sucios, maltrechos e inseguros.

Y los distintos Gobiernos aplican poca y nada de severidad y velocidad para encontrar las soluciones… ¡y hacerlas valer!

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